La democracia ficticia

Trámites burocráticos para ejercer el voto, oscurantismo en algunas relaciones internacionales y en ciertos hechos añejos, trabas y dificultades para ejercer el derecho a la huelga, ineficacia de los poderes políticos profesionalizados y pragmáticos, corrupción y saqueo a las arcas públicas, incumplimiento de los programas electorales, etc. Este es el escenario político y social existente en nuestro país, el desprestigio de las instituciones y de los partidos políticos, burocráticos y jerárquicos, corruptos en sí mismos, cuya única intención es el abarcar la mayor cantidad de ubicaciones y posiciones ideológicas a lo largo del espectro para acceder o conservar el poder.

En los inicios del Siglo XX, Moisei Ostrogorski en su obra “La democracia y los partidos políticos”, se centraba en los regímenes aristocráticos y monárquicos, con partidos de cuadros, elitistas, liderados por cabezas visibles de una clase social apoderada. Organizaciones rígidas, corruptas y tiránicas en las que los individuos estaban a merced de sus líderes y siendo presas del régimen electoral diseñado por esas mismas élites. Estos partidos enmarcan a los militantes y votantes bajo su estructura y bajo su línea ideológica, una vez más, diseñada por los líderes catch-all.

Estos militantes y votantes están “conminados” a seguir la ideología que los líderes establecen, una ideología más difusa y moderada como explica la “ley de disparidad curvilínea” de John May (1973) donde claramente se demuestra que la militancia de base y los cuadros intermedios son más radicales que la cúpula del partido, y a medida que se escala en la estructura jerárquica se observa la moderación ideológica y discursiva de quien ostenta o desea ostentar algún cargo dentro de la estructura orgánica partidista.

Este es un claro ejemplo de que los líderes de los partidos políticos únicamente tienen la prioridad de obtener votos para alcanzar puestos de representación política y de gobierno, se adaptan al electorado para conseguir esas cuotas de poder que, posteriormente, intentarán conservar produciéndose la profesionalización de la política que desenlaza en la corrupción que tan presente está en todos los niveles institucionales y administrativos; porque como acertadamente dijo el político italiano Lord Acton: “el poder tiende a corromper, el poder absoluto corrompe absolutamente”. Además, esta moderación de las élites partidistas elimina totalmente la democracia en tanto en cuanto acalla el ideario de la militancia, que no deja de ser la base mayoritaria de un partido.

Frank Tannembaum también expone esta idea de líderes corruptos, líderes de organizaciones que a pesar de ser democráticas y uno de las mecanismos más importantes de la democracia tal y como hoy la entendemos, éstos tenderán a sucumbir a la corrupción inherente al poder. Una forma de corrupción es la mentira, y es a esto a lo que hago referencia en la introducción del texto cuando hablo de líderes o partidos pragmáticos, significando que prefieren anteponer la prioridad de obtener votos a permanecer fieles a las ideas del partido.

Maurice Duverger critica la democracia representativa e indirecta en su texto “La democracia sin el pueblo”. Haciendo referencia a la democracia ateniense y a su difícil extrapolación a la actualidad por la complejidad de reunir periódicamente a todo el pueblo para tomar las decisiones políticas y administrativas, pero obviamente el politólogo francés en 1968 no tenía en cuenta las facilidades que actualmente tenemos con las nuevas tecnologías para llevar a cabo algo similar a una democracia directa a la Antigua Grecia. Duverger describe la democracia sin representantes como la ruptura entre el nexo electores-representantes, siendo los electores quienes se involucrarían por completo en la dirección de la polis puesto que son ellos los responsables directos de la marcha del gobierno.

En cuanto a la facilidad que aportan las nuevas tecnologías y el mayor acceso a la información gracias a éstas, son también un factor importante que hará que la democracia representativa se extinga. En este sentido, Giovanni Sartori en su obra “Homo videns: la sociedad teledirigida” habla del vídeo-niño, niños que nacen con las nuevas tecnologías y que desde su formación se habitúan a lo que los padres ven por la televisión, niños que siempre responderán a los estímulos audiovisuales. Dentro de la obra se centra en la democracia, y expone varios factores de las nuevas tecnologías que condicionan la democracia. Uno de los capítulos trata sobre las vídeo-elecciones, exponiendo que la televisión causa una influencia decisiva en los candidatos, además de personalizar las elecciones, ya que en la televisión vemos rostros, personas, y no programas, consiguiendo que el carisma destaque e impere sobre el ideario entre la audiencia. El autor pone el ejemplo de Estados Unidos, en el que las elecciones son expuestas por la televisión como un espectáculo y con poca información relevante .

Continuando con la obra de Giovanni Sartori, la democracia directa combatiría la espectacularización de la política y de los comicios, siendo la respuesta al problema presentado por el autor. Conseguiría evitar la “futbolización” de la política, no en el sentido de que la política se extienda y capte el interés del electorado, si no en el sentido de la repercusión mediática que consigue, ya que, como bien expone Sartori, estos medios no dan relevancia a los programas o la información, sino que emiten al personaje más carismático o que más audiencia aporta, lo que condiciona la opinión de los ciudadanos. En este sentido, la democracia directa evitaría esa manipulación mediática, y haría que los ciudadanos no tuvieran que condicionarse por los personajes que aparezcan en la televisión, sino que ellos serían los propios protagonistas de la política.

En su caso, la globalización supone y está suponiendo la imposición de una cultura hegemónica y predominante, la occidental. Esta imposición y expansión supone la supeditación y futura extinción de las culturas y las etnias minoritarias. Esto ha sido un problema de la democracia representativa, puesto que no ha sabido dar el eco suficiente a las minorías, quienes están sufriendo la implantación imperante de la cultura mayoritaria. Esto atenta contra el multiculturalismo de Baumann, Kukathas o Fraser, quienes creían en la idea de otorgar derechos especiales o crear excepciones a la leyes a las minorías, o darles representación política y reconocer sus tradiciones, algo que la democracia representativa no ha podido lograr. La democracia directa daría la fuerza política que las minorías suponen, siendo ellos mismos quienes poseyeran los mecanismos de participación y de decisión, aumentando así la efectividad y relevancia de los grupos minoritarios.

El padre de la democracia moderna y autor del precedente de las Constituciones que hoy son nuestras Cartas Magnas –el Contrato Social-, Jean Jacques Rousseau, establece en esta obra lo siguiente: “La soberanía no puede ser representada por la misma razón de ser inalienable; consiste esencialmente en la voluntad general, y la voluntad no se representa […] Toda Ley que el pueblo en persona no ratifica, es nula”. Con la democratización que venimos experimentando a todos los niveles –relaciones familiares, relaciones laborales, etc.-, que ya apreciaba Norberto Bobbio en “El futuro de la democracia”, partimos de la petición de una mayor intervención de los ciudadanos en la política, incluso llegando a suponer, en un futuro, y por qué no, la llegada de la democracia directa y la supeditación de la democracia representativa.


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Estudiante de Derecho y Ciencias Políticas en la Universidad Carlos III de Madrid. Enamorado de la política filosófica, teórica e ideológica.


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Editado por zindip