Fútbol y Mercado: el fin de las aficiones

Las lágrimas cuando el Barça pierde 1-0 al descanso en la Final de París o cuando España salió derrotada en octavos del mundial de 2006. Los gritos, la alegría y los abrazos con el gol de cabeza de Arkaitz que devolvía al Burgos a Segunda B en una fría tarde en el Plantío. Esos sentimientos irracionales, ese sentimiento de pertenecer a una comunidad de iguales que canta y salta unida por el amor a unos mismos colores. Eso es la belleza del fútbol, y lo que lo hace especial.

Ante la última reforma del campeonato de liga argentino, Ángel Cappa (ex-entrenador asistente con Valdano del Real Madrid) afirmaba que “Los directivos (de la AFA) no tienen claro nada del fútbol, es todo improvisación,” denunciando la ausencia de proyecto y “un fútbol organizado para la venta de jugadores” donde “ya no hay clubes, solo camisetas grandes.”.[1]

Estas palabras no señalan otra cosa que lo que muchas otras voces denuncian bajo la idea de “fútbol moderno”, dicho de otro modo: la mercantilización del fútbol. En su artículo de Jot Down, Nacho Carretero señala diversos puntos de lo que para él marca el comienzo de este y lo que le caracteriza.[2] De estos  hay dos fechas que considero clave para explicar la pendiente resbaladiza de mercantilización en la cual se ve inmerso el fútbol que cada vez se vuelve más pronunciada.

Antes de entrar en detalles, creo necesario señalar mi desacuerdo con Carretero y con muchos otros que pregonan el llamado “odio al fútbol moderno”, en ese fetichismo por el amateurismo y por una nostalgia casi reaccionaria del fútbol de campos embarrados en los que veintidós hombres se enfrentaban prácticamente a vida o muerte. Una postura autocomplaciente, colocándose en el altar de la moralidad absoluta respecto al fútbol, y carente de aproximaciones que puedan dar a luz  a  solución alguna (por no mencionar esa cierta nostalgia por la masculinidad perdida de la que pecan ciertos sectores, “se perdieron los peloteros to’ llenos de pelos” que cantaba el grupo gaditano de la FRAC).

La primera de las fechas clave ocurre en la temporada 1993-94 en Inglaterra[3] desde donde se extiende  al resto de grandes ligas, cuando se implementa la libertad de que cada jugador tenga un dorsal propio durante la temporada, pudiendo ser cualquier número, independientemente de que sea titular o no (antes los dorsales de los titulares debían ser del 1 al 11 y se repartían por posición); lo cual permitió la inscripción del nombre del jugador en la camiseta. Esto significa dos cosas: el dorsal ya no pertenece al equipo sino que era propiedad del jugador y se abría la posibilidad de la comercialización de camisetas, poniendo el acento en la estrella de turno en lugar del equipo.

Este aspecto no creo que sea negativo como algunos afirman por abrir la veda a una infinidad de dorsales y nombres horteras, (que también) ni por ser una traición a una suerte de “Ley Natural” del espíritu del fútbol. Creo en su impacto nocivo por los cambios que conlleva en relación a las relaciones afectivas e identificaciones de los aficionados con sus equipos, cada vez más individualizadas. El apoyo a un club de fútbol con todo lo que ello implica en relación con sentimientos de pertenencia al grupo y de creación de redes sociales se va difuminando en el apoyo a jugadores concretos y en la cada vez mayor concentración en los equipos más grandes con jugadores más visibles. Mi afición al Barcelona, viene básicamente por las influencias familiares como “bautismo” pero con Rivaldo y Ronaldinho como verdadera  “confirmación” (siendo definitiva la influencia de los ídolos). Esta creciente importancia de las estrellas en detrimento de los clubes y sus valores dificulta la creación de una masa social fuerte por parte de los equipos locales, dejándoles en una posición cada vez más vulnerable.

La otra fecha clave fue la sentencia del Caso Bosman en diciembre de 1995. Esta sentencia llegó para sacudir los cimientos del funcionamiento del fútbol europeo, y del deporte en general, al acabar con las normas relativas a los fichajes de jugadores con contratos expirados (hasta entonces el club que quería fichar al jugador debía pagar un transfer al equipo de origen en concepto de gasto de formación) y con la limitación de jugadores extranjeros –comunitarios- por equipo.  La sentencia fue consecuencia de la progresiva profesionalización del fútbol que convertía a los futbolistas en trabajadores asalariados al uso, por lo que las reglas del mercado de fútbol no podían seguir contraviniendo los artículos del Tratado de Roma sobre libertad de movimiento de los trabajadores entre países de la Unión.

Con esta sentencia en definitiva llegó la liberalización del mercado y amplió las posibilidades de negocio dentro del mundo del fútbol. Ya en un principio hubo académicos que vaticinaron que esto iba a provocar una pérdida de identificación de los aficionados con sus equipos locales por la mayor presencia de jugadores de fuera y por la mayor volatilidad de las plantillas (lo cual puede verse como explicativo de la bajada del porcentaje de individuos que asistieron al fútbol de 1996 a 2015 en el caso de España[4]), y como esto era un paso hacia un modelo que se aproximara más al modelo de franquicias americano, centrado en el negocio y en la maximización del beneficio.

Visto con perspectiva se ve también cómo ha significado un aumento de la desigualdad, tanto a nivel económico  como competitivo (tanto entre clubes como entre ligas, situándose la Premier y la Liga en una posición casi monopolística).  Ahora mismo el fútbol está en una situación en la que unos pocos clubes se colocan en la cúspide de la pirámide, y el resto cumple un rol secundario o incluso son usados por grandes clubes y grupos de inversión como forma de desarrollar a jugadores de los cuales posteriormente sacar beneficio. Este puede ser el caso del Granada, usado como laboratorio hasta la temporada pasada de los dueños del Udinese, y ahora en manos de inversores chinos. Habría también que prestarle atención al caso de la Cultural Leonesa de 2ªb en manos ahora de Aspire Academy (academia de elite qatarí que se encuentra entre las más potentes del mundo) que busca en la Cultu un sitio para desarrollar a sus jóvenes activos y presentarlos en el continente europeo.

Por último, esta mercantilización que difumina las identidades colectivas y la relación entre los aficionados y sus equipos no viene sola. Está acompañada de una estrategia de ataque al contenido político-simbólico del fútbol (la prohibición a los jugadores de mostrar mensajes políticos, multas al Barcelona y al Celtic por las banderas esteladas y palestinas respectivamente, o la multa de la UEFA a Inglaterra y a Escocia por portar las amapolas conmemorativas del final de la Primera Guerra Mundial). Así como de un giro ya definitivo de la estrategia de los clubes hacía la mercadotecnia, olvidándose de su carácter social y convirtiéndose de forma definitiva en marcas comerciales (ejemplos como los nuevos escudos de Atlético y Juventus) o vendiendo el nombre de sus estadios, casa de sus aficionados y testigos de sus largas historias, al mejor postor. Los aficionados ya no importan, y son ya solo clientes  de una importancia secundaria.

En este sentido, uno de los aspectos más sangrantes del caso Zozulya, fueron las afirmaciones de periodistas indignados con que la afición del Rayo tratará de  tener voz en las decisiones de su equipo. Ilusos los vallecanos que todavía creen que el fútbol, y más concretamente el Rayo, aún les pertenece.

[1] http://deportes.elpais.com/deportes/2014/11/16/actualidad/1416176448_800940.html

[2] http://www.jotdown.es/2016/10/odio-eterno-al-futbol-moderno/

[3] https://www.football-bible.com/soccer-info/jersey-numbers.html

[4] https://es.statista.com/estadisticas/570601/evolucion-del-porcentaje-de-individuos-que-fueron-al-futbol/


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Estudiante de Ciencias Políticas y Sociología en la Universidad Carlos III de Madrid. Burgalés viviendo en Getafe, muy interesado en cuestiones de identidad colectiva y del deporte como aparato político cultural.


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Editado por zindip